Nuestro sitio web utiliza cookies para mejorar y personalizar su experiencia y para mostrar anuncios (si los hay). Nuestro sitio web también puede incluir cookies de terceros como Google Adsense, Google Analytics, Youtube. Al utilizar el sitio web, usted acepta el uso de cookies. Hemos actualizado nuestra Política de Privacidad. Haga clic en el botón para consultar nuestra Política de privacidad.

Chris Evert y el vestido que revolucionó el tenis

https://www.lavanguardia.com/files/og_thumbnail/uploads/2019/09/01/5fa53392e3f4f.jpeg

La historia del tenis femenino guarda momentos que van más allá de la raqueta y el marcador. Algunos instantes, por su carga simbólica, trascienden lo deportivo y se convierten en reflejo de transformaciones culturales más profundas. Uno de ellos tuvo lugar en septiembre de 1971, cuando una joven de 16 años llamada Chris Evert debutó en el US Open, no solo con un juego sorprendente, sino con un atuendo que marcaría un antes y un después en la moda deportiva: un minivestido blanco de encaje.

Un estreno memorable

Aquel año, el US Open aún se jugaba sobre hierba y las gradas del Forest Hills Stadium vibraban con una energía poco habitual en el tenis. Evert, natural de Florida, llegaba como una promesa del circuito junior, arrastrando una racha de 45 partidos invicta. Pese a que sus fortalezas estaban más ligadas a la tierra batida, sorprendió a todos derrotando a rivales de primer nivel y colándose en las semifinales del torneo, donde finalmente caería ante la veterana Billie Jean King. Pero más allá del resultado, lo que quedó grabado en la memoria colectiva fue su imagen: la de una joven talentosa con porte de estrella de cine, desafiando los códigos estéticos tradicionales del tenis.

El vestido que marcó una época

El vestido que Evert eligió para su debut no era uno más. Diseñado por Mondessa Swift, modista de su ciudad natal, Ft. Lauderdale, la prenda destacaba por su confección en encaje blanco, sin mangas y con una falda evasé de corte mini. Lo combinó con una coleta baja atada con un lazo blanco y zapatillas del mismo tono. El conjunto rompía con la indumentaria típica de la época, dominada por polos estructurados y faldas conservadoras. Aquella elección resultó ser una declaración de intenciones: la moda también tenía lugar en la pista, sin comprometer el rendimiento.

Más de 50 años después, el atuendo ha vuelto a viralizarse, convirtiéndose en símbolo de un cambio que aún resuena en la actualidad. El equilibrio entre feminidad, deportividad y estilo que ofrecía el diseño es hoy considerado pionero y visionario. Evert, que lo ha recordado con cariño, aseguró que aquel vestido la hacía sentirse como una princesa. Y, en cierto modo, lo fue: una princesa del deporte que supo reinar en un entorno dominado por normas estrictas y convenciones visuales.

El vínculo perdurable entre la moda y el deporte

El impacto del look de Evert no fue un caso aislado. Abrió la puerta a una nueva forma de entender la presencia femenina en el deporte de élite. La ropa dejó de ser únicamente funcional para adquirir también un carácter expresivo. A partir de ese momento, las pistas de tenis comenzaron a ser también pasarelas en las que las jugadoras podían proyectar su identidad.

Evert continuó una carrera brillante, conquistando 18 títulos de Grand Slam y convirtiéndose en uno de los nombres más influyentes del deporte femenino. Su imagen pública trascendió la pista: fue embajadora de marcas de lujo, popularizó las hoy conocidas como “pulseras de tenis” y generó un estilo propio que inspiró a generaciones. Su rivalidad con Martina Navratilova no solo ofreció algunos de los duelos más intensos del tenis, sino que representó una etapa de evolución en la visibilidad del deporte femenino.

La herencia de Evert y la transformación del estilo

Varias décadas más tarde, el impacto de ese instante todavía perdura. Jugadoras como Venus Williams, Maria Sharapova, Camila Giorgi y Serena Williams han optado por el uso del encaje y otras manifestaciones estilísticas en sus presentaciones en campeonatos de Grand Slam. Más cerca en el tiempo, Coco Gauff lo revisó en Wimbledon con un modelo de corsé bordado que recordaba la tradición de la sastrería de Londres.

Estos gestos, más que simples decisiones de vestuario, hablan de una reivindicación: la posibilidad de que el deporte femenino exprese su poder también a través de la estética. En ese sentido, Chris Evert fue pionera. Lo hizo con 16 años, cuando la presión mediática aún no la había convertido en ícono global y el tenis femenino comenzaba a exigir igualdad de condiciones, visibilidad y respeto.

Un espejo para el presente

La imagen de Chris Evert continúa siendo un punto de referencia. No solo por sus éxitos en el deporte, sino por haber comprendido desde temprana edad que una deportista puede impactar más allá de los resultados. Su vestido de encaje no fue solo una opción de vestimenta: simbolizó una ruptura, demostrando que la habilidad puede ir de la mano con la elegancia y la expresión personal.

Hoy, cuando las marcas de lujo vuelven la mirada hacia el tenis y los jugadores son embajadores de estilo global, aquel gesto cobra nuevo valor. Porque si bien el deporte se mide en resultados, las transformaciones culturales se gestan en pequeños detalles. Y a veces, un vestido puede cambiarlo todo.

Por Lucía Benítez